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jueves, 3 de noviembre de 2016

Un breve relato, "La descripción del Templo del Sol", descrita por el Inca Garcilazo de la Vega.

Capitulo XX del Libro Tercero, el cual lleva como título: “La descripción del Templo del Sol y sus grandes riquezas”, capitulo contenido en la obra “Comentarios Reales de los Incas”, escrita por el Inca Garcilazo de la Vega, manuscrito dirigido a la excelentísima princesa Doña Catalina, infanta de Portugal, publicada en el año de 1906 en la ciudad de Lisboa.
[…] Uno de los principales ídolos que los Reyes Incas y sus vasallos tuvieron fue la imperial ciudad del Cuzco, que la adoraban los indios como a cosa sagrada, por haberla fundado el primer Inca Manco Cápac y por las innumerables victorias que ella tuvo en las conquistas que hizo y porque era casa y corte de los Incas, sus dioses. De tal manera era su adoración que aun en 162 cosas muy menudas la mostraban, que si dos indios de igual condición se topaban en los caminos, el uno que fuese del Cuzco y el otro que viniese a él, el que iba era respetado y acatado del que venía como superior de inferior, sólo por haber estado e ir de la ciudad, cuanto más si era vecino de ella y mucho más si era natural. Lo mismo era en las semillas y legumbres o cualquiera otra cosa que llevasen del Cuzco a otras partes, que, aunque en la calidad no se aventajase, sólo por ser de aquella ciudad era más estimada que las de otras regiones y provincias. De aquí se sacará lo que habría en cosas mayores. Por tenerla en esta veneración la ennoblecieron aquellos Reyes lo más que pudieron con edificios suntuosos y casas reales que muchos de ellos hicieron para sí, como en la descripción de ella diremos de algunas de las casas. Entre las cuales, y en la que más se esmeraron, fue la casa y templo del Sol, que la adornaron de increíbles riquezas, aumentándolas cada Inca de por sí y aventajándose del pasado. Fueron tan increíbles las grandezas de aquella casa que no me atreviera yo a escribirlas si no las hubieran escrito todos los españoles historiadores del Perú. 

Mas ni lo que ellos dicen ni lo que yo diré alcanza a significar las que fueron. Atribuyen el edificio de aquel templo al Rey Inca Yupanqui, abuelo de Huayna Cápac, no porque él lo fundase, que desde el primer Inca quedó fundado, sino porque lo acabó de adornar y poner en la riqueza y majestad que los españoles lo hallaron. Viniendo, pues, a la traza del templo, es de saber que el aposento del Sol era lo que ahora es la iglesia del divino Santo Domingo, que por no tener la precisa anchura y largura suya no la pongo aquí; la pieza, en cuanto su tamaño, vive hoy. Es labrada de cantería llana, muy prima y pulida. 


El altar mayor (digámoslo así para darnos a entender, aunque aquellos indios no supieron hacer altar) estaba al oriente; la techumbre era de madera muy alta, por que tuviese mucha corriente; la cobija fue de paja, porque no alcanzaron a hacer teja. Todas las cuatro paredes del templo estaban cubiertas de arriba abajo de planchas y tablones de oro. En el [t]estero que llamamos altar mayor tenían puesta la figura del Sol, hecha de una plancha de oro al doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes. La figura estaba hecha con su rostro en redondo y con sus rayos y llamas de fuego todo de una pieza, ni más ni menos que la pintan los pintores. Era tan grande que tomaba todo el testero del templo, de pared a pared. No tuvieron los Incas otros ídolos suyos ni ajenos con la imagen del Sol en aquel templo ni otro alguno, porque no adoraban otros dioses sino al Sol, aunque no falta quien diga lo contrario.

Sobre la imagen o ídolo del Sol del Coricancha, conocido en lengua nativa como Punchau, se debe diferenciar dos tipos: uno que se guardaba en el interior y que era de forma humana “hecha de oro excepto el vientre que estaba lleno de una pasta de oro molido y amasado con las cenizas o polvos de los corazones de los Reyes Incas” (Bernabé Cobo). Otra imagen había en forma de disco que cubría la rotonda exterior del edificio del Coricancha, que “era de oro finísimo, con gran riqueza de pedrería y puesto al oriente con tal artificio que, en saliendo el sol, daba en él, y como era el metal finísimo, volvían los rayos con tanta claridad que parecía otro sol”.

[…] A un lado y a otro de la imagen del Sol estaban los cuerpos de los Reyes muertos, puestos por su antigüedad, como hijos de ese Sol, embalsamados, que (no se sabe cómo) parecían estar vivos. Estaban asentados en sus sillas de oro, puestas sobre los tablones de oro en que solían asentarse. Tenían los rostros hacia el pueblo; sólo Huayna Cápac se aventajaba de los demás, que estaba puesto delante de la figura del Sol, vuelto el rostro hacia él, como hijo más querido y amado, por haberse aventajado de los demás, pues mereció que en vida le adorasen por Dios por las virtudes y ornamentos reales que mostró desde muy mozo. Estos cuerpos escondieron los indios con el demás tesoro, que los más de ellos no han parecido hasta el día de hoy. 

Hacer click en este enlace para ver el libro completo "Comentarios Reales de los Incas":

martes, 1 de noviembre de 2016

Un breve relato,“Sobre los antiguos gigantes del Tahuantinsuyo”, escrita por el Inca Garcilazo de la Vega.


Capitulo IX del Libro Noveno, el cual lleva como título: “De los gigantes que hubo en aquella región y de la muerte de ellos”, capitulo contenido en la obra “Comentarios Reales de los Incas”, escrita por el inca Garcilazo de la Vega, manuscrito dirigido a la excelentísima princesa Doña Catalina, infanta de Portugal, publicada en el año de 1906 en la ciudad de Lisboa.
[...]Antes que salgamos de esta región, será bien que demos cuenta de una historia notable y de grande admiración, que los naturales de ella tienen por tradición de sus antepasados, de muchos siglos atrás, de unos gigantes que dicen fueron por la mar a aquella tierra y desembarcaron en la punta que ahora nosotros la llamamos como “Punta de Santa Elena”.
[…]. Cuentan los naturales, por relación que oyeron de sus padres, la cual ellos tuvieron y tenían de mucho tiempo atrás, que vinieron por la mar en unas balsas de juncos, a manera de grandes barcas, unos hombres tan grandes, que tenía tanto uno de ellos de la rodilla abajo como un hombre de los comunes en todo el cuerpo, aunque fuese de buena estatura, y que sus miembros conformaban con la grandeza de sus cuerpos tan disformes, que era cosa monstruosa ver las cabezas, según eran grandes, y los cabellos, que les allegaban a las espaldas. Los ojos, señalaban, que eran tan grandes como pequeños platos; afirman que no tenían barbas y que venían vestidos algunos de ellos con pieles de animales, y otros con la ropa que les dio natura, y que no trajeron mujeres consigo; los cuales, como llegasen a esta punta, después de haber en ella hecho su asiento a manera de pueblo (que aun en estos tiempos hay memoria de los sitios de estas cosas que tuvieron), como no hallasen agua, para remediar la falta que de ella sentían hicieron unos pozos hondísimos, obra por cierto digna de memoria, hecha por tan fortísimos hombres como se presume que serían aquéllos, pues era tanta su grandeza.

Y cavaron estos pozos en peña viva, hasta que hallaron el agua, y después los labraron desde ella hasta arriba de piedra, de tal manera que durara muchos tiempos y edades; en los cuales hay muy buena y sabrosa agua, y siempre tan fría que es gran contento beberla.
 "Habiendo, pues, hecho sus asientos estos crecidos hombres, y teniendo estos pozos o cisternas de donde bebían, todo el mantenimiento que hallaban en la comarca de la tierra que ellos podían hollar lo destruían y comían, tanto que dicen que uno de ellos comía más vianda que cincuenta hombres de los naturales de aquella tierra; y como no bastase la comida que hallaban para sustentarse, mataban mucho pescado en la mar, con sus redes y aparejos, que según razón tenían. Vinieron en grande aborrecimiento de los naturales, porque por usar con sus mujeres las mataban, y a ellos hacían lo mismo por otras causas. Y los indios no se hallaban bastantes para matar a esta nueva gente que había venido a ocuparles sus tierras y señoríos; aunque se hicieron grandes juntas para platicar sobre ello, pero no lo osaron acometer. 

Pasados algunos años, estando todavía estos gigantes en esta parte, como les faltasen mujeres y las naturales no les cuadrasen por su grandeza, o porque sería vicio usado entre ellos por consejo e inducimiento de algún maldito demonio, usaban unos con otros el pecado nefando de la sodomía, tan grandísimo y horrendo, el cual usaban y cometían pública y descubiertamente, sin poca vergüenza de sí mismos; y afirman todos los naturales que su Dios, no siendo servido de disimular pecado tan malo, les envió el castigo conforme a la fealdad del pecado; y así dicen que, estando todos juntos envueltos en su sodomía, vino fuego del cielo, temeroso y muy espantable, y haciendo un gran ruido, bastante resplandeciente, como con una lanza tajante y muy refulgente, con la cual de un solo golpe los mató a todos, y el fuego los consumió, que no quedó sino algunos huesos y calaveras, que por memoria del castigo quiso su Dios que quedasen sin ser consumidos del fuego. 


Esto dicen de los gigantes, lo cual creemos que pasó porque, en esta parte que dicen, se han hallado y se hallan huesos grandísimos, y yo he oído a españoles que han visto pedazo de muela que juzgaban que, a estar entera, pesara más de media libra carnicera; y también que habían visto otro pedazo de hueso de una canilla, que es cosa admirable contar cuán grande era, lo cual hace testigo haber pasado; porque sin esto se ve adónde tuvieron los sitios de los pueblos y los pozos o cisternas que hicieron.

Querer afirmar o decir de qué parte o por qué camino vinieron éstos, no lo puedo afirmar con precision porque no lo sé. "Este año de mil y quinientos y cincuenta oí yo contar, estando en la Ciudad de los Reyes, que siendo el ilustrísimo Don Antonio de Mendoza visorrey y gobernador de la Nueva España, se hallaron ciertos huesos en ella de hombres tan grandes como los de estos gigantes, y aún mayores; y sin esto también he oído, antes de ahora, que en un antiquísimo sepulcro se hallaron en una ciudad al norte que lleva el nombre de ciudad de México, o en otra parte de aquel reino, ciertos huesos de gigantes. Por donde se puede tener, pues tantos lo vieron y lo afirman, que hubo estos gigantes, y aun podrían ser todos unos. 


"En esta punta de Santa Elena, que como tengo dicho está en la costa del Perú, en los términos de la ciudad de Puerto Viejo, se ve una cosa muy de notar, y es que hay ciertos ojos y mineros de alquitrán tan perfecto, que podrían calafatear con ello a todos los navíos que quisiesen, porque mana. Y este alquitrán debe ser algún minero que pasa por aquel lugar, el cual sale muy caliente", etc. Hasta aquí es de Pedro de Cieza, que lo sacamos de su historia, porque se verá la tradición que aquellos indios tenían de los gigantes y la fuente manantial de alquitrán que hay en aquel mismo puesta, que también es cosa notable.[…].

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